Lo más hermoso de este capítulo es ver romper a Megumi Fushiguro. No en el sentido de derrota, sino de liberación. Veníamos de verlo siempre como el chico serio, el estratega cerebral que carga con el peso del mundo y que está dispuesto a sacrificarse (con su ya clásica pose para invocar a Mahoraga) a la primera complicación.
Cuando cae en el dominio del portador del dedo de Sukuna, el "flashback" con las palabras de Gojo cobra un sentido brutal: "Morir para ganar no es lo mismo que arriesgar la vida para ganar".
Ver a Megumi reírse con una locura tan humana, tan desprolija, y desplegar por primera vez su Jardín de Sombras Quiméricas (aún incompleto) es un momento catártico. No fue un power-up limpio y cliché de shonen; fue un manotazo de ahogado lleno de egoísmo sano, de ganas de vivir y de jugar bajo sus propias reglas.















